Son un halo de esperanza para las mujeres que suspiran con dedicarse al siempre exigente mundo de la pelota. Pertenecientes a dos generaciones distintas, Judith Campoy y Elizabeth Lascurain están dejando huella en los Campeonatos del Mundo de Barcelona 2018 tras acabar de derribar todas las barreras para la mujer en el particular universo del arbitraje y marcar el inicio de una nueva era.

Campoy, de 47 años, cumple un sueño en su ciudad natal, apenas siete años después de su retirada como pelotari. Una desafortunada fractura de cúbito y radio practicando deporte a pocas semanas del evento no fue óbice para perderse una cita que lleva esperando durante mucho tiempo. Las cosas, de hecho, no podrían irle mejor. Hasta la fecha ha arbitrado dos partidos al día como árbitra titular y también ha actuado como auxiliar. Unas cifras compartidas por Elizabeth Lascurain, la joven árbitra mexicana que ya debutó en una cita mundialista absoluta en Zinacantepec 2014 con apenas 25 años y que, junto a Campoy, son el orgullo del arbitraje femenino de pelota.

La cita de Barcelona está cumpliendo a la perfección las expectativas de ambas. “El ambiente es bonito, hay mucho público”, destaca Judith Campoy, sorprendida por ver las gradas llenas “desde el primer día”. Para Elizabeth la cita es incluso más especial que la de 2014 al poder actuar, ahora sí, como árbitra principal. “Un privilegio” que le permite escenificar todavía más su “pasión y amor por la pelota y por estar ahí dentro”. Una pasión compartida con Judith, que en su día se decantó por el arbitraje “como una manera de seguir dentro del frontón”.

Al margen de su incuestionable calidad a la hora de arbitrar, Campoy y y Lascurain suponen una bomba de oxígeno para las nuevas generaciones, tanto de árbitras como de unas pelotaris siempre ávidas de referentes sobre la pista. El respeto por su trabajo en un deporte tan pasional es absoluto. “A pesar de la cultura de la que podemos proceder cada país, está habiendo mucho progreso de la mujer y en nuestro deporte no es una excepción. Te valoran como a cualquier otro compañero”, celebra Elizabeth, mientras que Judith ensalza el “respeto máximo” de los aficionados.

La catalana está ejerciendo de cicerone de lujo para la mexicana en unos campeonatos en el que ambas se han hecho fuertes, conscientes de la importancia de su rol en el desarrollo del arbitraje femenino. “Compartimos habitación y hablamos de lo duro y difícil que resulta siendo mujer”, explica Judith, que profesa una estima protectora por la joven colegiada mexicana. Se trata de un afecto mutuo, pues la de Veracruz, ligada al frontenis desde muy temprana edad y que había escuchado hablar mucho sobre la barcelonesa desde sus inicios en el abitraje internacional, admira su recorrido en el mundo de la pelota: “Saber que hay otras mujeres que se están atreviendo a estar en esto te inspira; será un deporte de hombres pero también nos gusta a nosotras”.

Ambas comparten la ilusión de seguir creciendo en esta cita mundialista y, por qué no, gozar de la oportunidad de arbitrar algunas finales en unos frontones del CEM Olímpics de la Vall d’Hebron completamente abarrotados. Por encima de todo, sin embargo, sobresale el enorme legado que dejarán para las nuevas generaciones tras una histórica participación que debe resultar “clave para las que vienen detrás de nosotras”.